La barricada ha representado una de las estrategias tácticas más empleadas en los movimientos sociales de los últimos años. Teatro para el fin del mundo, lo retoma como concepto discursivo para la aplicación de un programa de laboratorios aplicados a diferentes contextos políticos en Latinoamérica. 

Las barricadas utópicas

I

Anatomía de la barricada: Montevideo.   

El stock de barricadas se comprende como una plataforma de investigación y tratamiento de sistemas de intervención aplicados a estados de emergencia para el diseño de estrategias colectivas. La barricada ahí, toma un complejo giro en la construcción de otras poéticas de subversión, es un territorio creado exprofeso en el espacio, determinado por la condición clara de la interrupción, la protección, el impedimento. Esta característica, extiende condiciones inherentes a la formación espontánea (Y radical) de zonas temporalmente autónomas, pero también a la creación de un enclave estético, que resguarda en la medida que se ofrece como un punto clave para reinterpretar las condiciones del espacio y su memoria. 

De este modo, la barricada para nuestro programa de laboratorios se ofrece como un medio de intervención escénica que invita a repensar su composición, su propósito y su aplicación concreta en el espacio público. Una provocación, que amplía la perspectiva de su empleo convencional, confrontando las prácticas teatrales con expresiones relacionadas cercanamente con la protesta, el activismo y la acción política.

La anatomía de esta barricada, surge en el contexto del barrio del Cerro en Montevideo, donde desde el año 2015, Teatro para el fin del mundo con sede en Uruguay trabaja en la conformación de una colectividad que resinifique la memoria de espacios condicionados por el abandono dentro de uno de los sectores más representativos de la ciudad, donde comunidades migrantes provenientes de distintas partes del mundo se asentaron en la época de desarrollo de la industria frigorífica en el país. Estas comunidades, así como sus familias descendientes e inmigrantes que continúan llegando, mantienen hasta el día de hoy una identidad de organización, sentido de pertenencia y resguardo legitimo en el barrio. En ese contexto TFM Uruguay, ha sido una plataforma de exposición e intercambio cultural que puede ser considerada en sí misma una barricada de carácter artístico, político y social dentro de la escena teatral uruguaya.

¿Qué proponen esta serie de prácticas durante un período de importantes protestas, manifiestos y demandas que han generado los movimientos sociales latinoamericanos durante los últimos meses? ¿Cuál es el objeto de su articulación y puesta en marcha?

 

En primer lugar, la observación, el estudio y desmontaje de los dispositivos considerados representativos en la lucha social, pero también la  articulación de engranajes escénicos que vengan a reinventarlos fortaleciendo  sistemas colectivos de protección y sentido discursivo, así como complementándose ulteriormente con tres condiciones esenciales: La interacción, la organización y el fortalecimiento de una comunidad.

II

El cuerpo como barricada. 

Día uno: Estar. 

El espacio que nos convoca para iniciar con este programa es una arquitectura inconclusa que ha quedado en abandono y es conocida como La planchada. Ha sido esta una sede estratégica para el colectivo en la aplicación de diferentes programas de intervención durante años pasados, en buena medida por las posibilidades que ofrecen las dimensiones de sus espacios comprendidos en dos niveles de acción, pasillos, galerías, columnas, escaleras, zona de estacionamiento y una vista privilegiada hacia el puerto de Montevideo.   

 

De este modo, el equipo se ve conformado por Luna Imaz, Sol Menéndez, Leticia Sarante, Cecilia Argüello, Jorge Gutiérrez, Lucía Rossini, Ana Peri, Laura Almirón, Marcelo Boreani, Daniel Chestak, Jessica Ortega, Flavia Cardozo, Camila Durán, Leandro Soria, Jessica Mazzotti, Lorena Granizal en la producción, Susana Souto en la coordinación general y un trabajo impecable de Lucas Leites en la composición musical y Patricia Acosta en el registro audiovisual. Intérpretes en su mayoría, directores de escena, docentes, músicos, investigadores, activistas. Nuestras barricadas en esta primera sesión de entrenamiento son un emprendimiento de la voluntad por construir una presencia frente al espacio, soporte de acción que encuentra sentido a partir del contacto con la composición material de sus dimensiones y a través de ese contacto interroga, modifica y subvierte sus relaciones habituales:

Acciones de reconocimiento que pueden entenderse también como componentes de un “subsistema de seguridad interna”. Este subsistema cumple funciones para una plataforma de acción conjunta: Favorece los mecanismos de localización de riesgos y por lo tanto de defensa, la micro-autorganización, la intervención y ocupación parcial de territorios específicos de la ciudad, así como la definición de una perspectiva de observación que identifica a los participantes en el principio de composición de las barricadas: El cuerpo colectivizado. El cuerpo como mapa geográfico de estructuras que se relacionan íntimamente con el espacio. El cuerpo como lector del espacio y sus acepciones. El cuerpo como agente de cambio, atento a las condiciones de la emergencia, el riesgo, la protección, la interpretación del paisaje; el cuerpo expuesto como objeto inanimado o en operación. Las barricadas son entonces desde el cuerpo, un mapa que compone estructuras de operación conjunta, donde es posible tanto generar procesos objetivados de acción, como detenerse a detallar sus características.

  

De este modo, los participantes en el laboratorio se introducen en la estructura de una lógica colectiva contando con la libertad de aliarse con otros cuerpos, entendiendo su propia naturaleza, su fuerza, su debilidad, su cansancio, su dinamismo, su capacidad de desplazamiento o su inmovilidad radical. 

 

El cuerpo, colectivizado representa sus propias interacciones cotidianas, su propia organización dentro de sus diferentes roles, sus posiciones de autoridad, subjetividad y limitantes. Cada cuerpo es un organismo inserto en un esquema de relaciones de alianza y oposición que altera la lógica del espacio, abordando rutas alternas, salidas de emergencia y puntos específicos para la instalación de un primer modelo de barricada conjunta. 

Día dos: El stock. 

Hemos generado una composición simbólica del territorio. El laboratorio se traslada hasta la pequeña instancia de una cooperativa de vivienda lo más parecida a un búnker: La cooperativa Cooviecuador, sitio donde tendrá lugar el diseño y construcción de algunos modelos de barricadas que van surgiendo de manera fluida y a partir de su encuentro  generan clasificaciones posibles, desde su propia subjetividad:

Las barricadas ideológicas: Las del pensamiento,  las que determinan un esquema de confrontación critica, las que detonan estructuras de escrutinio para la realidad.

 

Las barricadas sutiles: Las de los imaginarios, las que comprenden visiones de los estallidos, de la ruptura sensible y la fragilidad de los espejismos.  Las de la música y la imagen fotográfica. Las que nadie podrá encontrar, las que se confunden con el mobiliario, la decoración, con el tapiz que cubre el muro de las habitaciones.

Las barricadas del silencio: Las de la escucha, las que redireccionan el sentido de la enunciación en campos de lo indecible y cuyas desembocaduras alcanzan una extensión de su propia materialidad.  Barricadas que se entretejen en la memoria de sociedades que las construye y las olvida.

Las barricadas interpretativas: Las de los restos de la historia que componen cortinas de humo que intentan ser interpretables, pero interpretándolas abren  estrategias de confusión que intentan alejarnos del sentido original que las compone. Luego, nos extravían.

La barricada como emboscada poética. La barricada como ciudad. Como las ciudades que alguna vez Calvino, nos entregó en aquel tratado de arquitecturas que se comprenden en lo invisible y en lo invisible encuentran su sentido más profundo: La utopía.

 

En cualquiera de sus acepciones, en este laboratorio la barricada se comprende en la materialidad del refugio y a su vez de la expulsión. Dentro de ellas, como soporte en su rigidez o su fragilidad, sabemos que existe un espacio habitable. Un hogar temporal. Una guarida, descendiente del árbol genealógico de los espacios disidentes como el búnker o la trinchera. Espacios que territorialmente se muestran como un reducto de autonomía y un enclave de resistencia. Guarida para el objeto, el cuerpo del presente, las barricadas se construyen y comienzan a detonar interrogantes, instalándose en el espacio vivencial de un tiempo impreciso de rebeliones. 

 

Los participantes, despliegan una galería de composiciones estacionarias y desplazables. Estaciones pacificas o incendiarias dotadas de sentido: Espejos que crean refracciones de luz dirigida a los cuerpos que se investigan a sí mismos delante de las piedras, o dentro de las bolsas donde han terminado los nuestros durante los últimos años. Barricadas de nosotros mismos. De escrituras que se extravían por el espacio y desde el espacio mismo, como una fuerza  que convoca el tiempo de otros lenguajes, vuelven a nacer.

 

 

Ángel Hernández.

Teatro para el fin del mundo

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