De las experiencias que han marcado significativamente los procesos de intervención escénica propuestos en este festival, la función de Ejecutor 14 ocurrida el 18 de diciembre del 2019 en el contexto del VII festival TFM  se vuelve una de las más significativas, por la interpelación de lo humano entre los espejismos de la guerra y el dolor.

Por Ángel Hernández. 

I

Una ciudad que vive la guerra dentro de otra ciudad que también la vive.

Estamos en la séptima entrega del festival Teatro para el fin del mundo; la edición más compleja quizá por la estructura temática que a manera de provocación se propone: Los estados de excepción. Un espacio para reflexionar las estructuras de poder, represión  y control mediático que operan sobre los circuitos sociales, las prácticas escénicas y en particular los enfoques del teatro frente a las violencias que de ahí se desprenden.

 

Esta temática, asociada al referente inmediato de la ciudad de Tampico que ha sido sede del encuentro desde el año 2012 se potencializa. Lo hace justo cuando en los últimos diez años, se ha encontrado en el rating de las ciudades con mayor índice de violencia en el país y esto le ha llevado a  ser una zona militarizada en cuyos sectores se complejizan los escenario de convivencia, por lo menos pacífica.   

 

En ese contexto llega Ejecutor 14. Un contexto marcado por la memoria de una guerra que comparte el país entero, pero que se potencia en territorios específicos como este. Un engranaje necesario de la gran estructura que compone la  maquinaria del crimen en el país.  

II

Paisajes interiores de la ruina.

El montaje bajo la dirección de David Psalmon  y la actuación de Osvaldo Sánchez tiene como sede un hotel en abandono: El hotel Orinoco. El primer scouting a la zona, arroja signos que se rebelan sensatos frente al proyecto escénico de Teatro sin paredes y Mono teatro.

 

¿Dónde estamos? Estamos en lo que en algún momento fue la zona turística más importante de la ciudad, instalada frente a las costas del Golfo de México. Una zona que luego del  impacto que ha generado la inseguridad entre la población, ha venido quedando prácticamente deshabitada en su totalidad. Este hotel es una prueba irrefutable de ello.

 

Nuestra primera aproximación tiene el propósito de acumular rastros, identificar áreas de riesgo, hacer una valoración de objetos y en cierto modo, dejar que sea el espacio mismo, quien rinda el testimonio del tiempo y su memoria. El hotel Orinoco ha venido siendo saqueado durante más de cinco años. Sus puertas están abiertas, queda poco mobiliario y los escombros cubren prácticamente todas las instancias. También hay un área central donde se mantiene una piscina, árboles y una capa de vegetación que comienza a extenderse paulatinamente hacia su paisaje interior.

 

Osvaldo Sánchez es un estratega del terreno de la acción. Un intérprete de la escena y de los signos que arroja el territorio de la escena. En poco tiempo ha extendido una cartografía que permite un encuentro relacional entre el corpus de la obra y la energía sublime del espacio. A partir de ahí, traza coordenadas que le permiten acceder a un mapa de tratamiento comparable a los mapas que implementa un combatiente dentro de una maniobra táctica y tiene como resultado una lectura de las estaciones que el personaje escrito por Adel Hakim recorrerá por los restos de este paraíso perdido.  A partir de ese primer encuentro, dará inicio una cuenta regresiva de 24 horas antes de la presentación pública del montaje. Entonces, la arqueología del viejo hotel comienza a tener razones claras de sobrevivencia: Las de librar la guerra.   

III

Hotel de la guerra.

De las experiencias que han marcado significativamente los procesos de intervención escénica propuestos en este festival, la función de Ejecutor 14 ocurrida el 18 de diciembre del 2019 a las 18 hrs, se vuelve una de las más significativas, en buena medida, por la interpelación de lo humano entre los espejismos de la guerra y los signos del desastre.El manejo propuesto del espacio supone un itinerario errático donde transcurren las vidas pasadas y presentes del personaje; un deambular que repasa también los escenarios de la belleza, las visiones, la insoportable capacidad de morir y matar. El hotel se despliega entonces como un cuerpo vulnerado por la guerra que es el mismo cuerpo del actor que lo transcurre y lo resignifica, lo empodera, lo abandona y lo recupera moribundo para darle aliento.

 

¿Es la guerra esta presencia que habita el transcurrir de los tiempos por los espacios  y los cuerpos?   ¿Es la guerra la heredera de la memoria del abandono y la ruina de una sociedad convulsa que mantiene colgado de un hilo el espíritu de la sobrevivencia? ¿Quiénes seremos los últimos en testimoniar lo que se ha visto en el fin del mundo?  

El ejecutor de ese fin del mundo, interpretado por Sánchez, es un testimonio vivo del combate en la escena de una guerra imprescindible. La del Líbano y la de nuestro país. La de cualquier guerra: Mantenerse vivo.  Un cuerpo alojado en el hotel devastado de la historia y un constante ensayo de reapropiación del territorio, construyendo así un potente imaginario que se desborda en su brutalidad y en su poética de evocaciones.  

 

El público reunido aquella noche pudo ser cómplice y participe de una exploración minuciosa por el estado de excepción por el que atravesamos casi imperceptiblemente: la historia de la fragilidad humana contada desde las ruinas mismas de la humanidad. Una suerte de travesía por el campo minado de las crónicas de guerra que hace recuperar el pulso de un teatro que se rebela del olvido, teniendo como guía el poderío de un actor que a convoca a un ejército de combatientes caídos y de pronto, los vuelve a poner en pie.  

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